Una empresa de 34 agentes que trabaja mientras duermo.
Tres capas de agentes con memoria, un verificador que revisa lo que producen y un vigilante que reinicia lo que se cae. Recibe encargos, los reparte y deja el trabajo hecho por la mañana.

Ingeniero de software en Madrid. Monto sistemas que funcionan solos y siguen funcionando cuando me voy a dormir: más de treinta servicios en producción, en mis propias máquinas, con sus copias, sus avisos y su vigilante que los levanta si se caen.
Los últimos años los he dedicado a la inteligencia artificial y a la programación agéntica. No a hablar de ella.
Nada de esto es una demo ni una prueba de concepto.
Los mismos modelos que usan las empresas, a más de cien palabras por segundo.
Tres capas de agentes con memoria, un verificador que revisa lo que producen y un vigilante que reinicia lo que se cae. Recibe encargos, los reparte y deja el trabajo hecho por la mañana.
De una frase a un corto. Y un bot al que se le manda un vídeo hablado y devuelve las piezas cortas ya cortadas, subtituladas y montadas, sin tocar un editor.
Detección con inteligencia artificial sobre la tarjeta gráfica, grabando solo lo que importa y avisando en el móvil. Sin nube, sin cuota mensual y sin que las imágenes salgan a ningún sitio.
Transcripción, resumen, clasificación y búsqueda en documentos, sin pagar por mensaje ni mandar un solo dato fuera.
La casa mide cada minuto lo que producen las placas y decide sola cuánto enchufa al coche. Cuando una nube tapa el sol, baja. Cuando pasa, sube. Yo no hago nada.
Un botón para grabar. Al colgar, quién dijo qué, el resumen y la lista de tareas. Todo local, ningún audio sale a ningún proveedor.
Esto mismo lo monto para empresas. Ver cómo →